
Esta semana, en el Tecnocrática Tech Day de Madrid, un amigo me preguntó por mi ritmo de vida en los últimos tiempos. Le conté las kilometradas y el mal sueño (si me lees desde hace unas semanas, lo del sueño ya lo sabes), y me soltó algo parecido a esto:
“Al final sabes que algo te acabará parando. Ese ritmo no es sostenible...”
La frase se vino conmigo todo el viaje de vuelta a Granada. Sobre todo porque llegaba con el tiempo justo de dormir seis o siete horas y volver a salir pitando hacia Barcelona en el coche. Esta vez sí, con toda la familia.
Y no me inquietaba porque el ritmo fuera alto o bajo. Me inquietaba porque llevo tantos años con un ritmo tan alto que yo, realmente, lo veo como “la normalidad”.
De hecho, creo que hubo épocas peores. Cuando al curro, los hobbies y todo lo demás había que sumarle la banda y alguna cosa más, mi vida era aún más caótica y más llena de eventos. Visto así, lo de ahora casi parece el modo ahorro de energía.
Así que la pregunta que me traje de Madrid no fue “¿y si bajo el ritmo?”. Fue otra bastante más incómoda: "¿quién mide si un ritmo es alto o es bajo?"
Cualquiera que haya montado una monitorización lo sabe: el umbral de alerta lo pones tú, mirando el histórico de lo que es “normal”. Si un servidor lleva años al 90% de CPU, acabas subiendo el umbral para que deje de dar la lata. Y deja de darla, claro. Hasta el día que se cae, sin una sola alerta.
Yo llevo años subiéndome el umbral. Mi amigo, sin saberlo, me pasó el check con el suyo. Y en su pantalla yo salía en rojo.
¿Quién tiene razón, el suyo o el mío? ¿El que lo ve desde fuera o el que se ha acostumbrado?
🧐 - “Pues baja el ritmo, tío, que no es tan difícil.”
👻 - “Vale. ¿Hasta dónde? ¿Y quién me dice que ese es el bueno?”
Y de ahí sale otra pregunta: ¿bajar de ritmo ayuda o desayuda? Conozco mucha gente que tuvo problemas al bajar el ritmo. Y conozco a otra gente a la que el ritmo se lo bajó el cuerpo, sin pedir permiso.
Yo mismo te lo conté en julio: el vacío no aparece en octubre, cuando la agenda te protege; espera al verano. Pues ya estamos en octubre, y la agenda me protege tanto que ya hay quien me avisa de que algo me acabará parando.
O sea, que ningún ritmo sale gratis, ni el alto ni el bajo. El alto te lo cobra en sueño y en kilómetros, el bajo, a algunos, en vacío.
No sé cuál es la respuesta, de verdad que no, pero me preocupa un poco no saber cuál es el ritmo normal. Porque si no sé dónde está mi normal, tampoco sé dónde está mi límite. Y cualquiera que haya administrado sistemas sabe cómo acaban los uptimes de récord: con un reinicio que no estaba en ninguna ventana de mantenimiento.
Y luego está lo que hace que todo esto no sea tan sencillo.
Creo, sinceramente, que mi familia vive mejor que hace años. Y creo que este ritmo tiene mucho que ver: me ayuda a poder darles una vida mejor, pero a costa de muchas cosas, claro.
¿Está bien? Quizás. ¿Está mal? Quizás también. Probablemente las dos cosas a la vez, según el día y según a quién le preguntes.
Porque el relato del “baja revoluciones y sé feliz” se deja fuera que hay cosas que no se consiguen a medio gas. Y el del “a tope siempre” se deja fuera la factura.
Así que no, hoy tampoco hay moraleja, ni lacito.
Lo que hay es esto:
Escribo esto en una habitación de hotel cerca del Circuit, con toda mi familia, con los oídos todavía zumbando de escuchar motores y con la sensación de haber visto más Starlinks que nunca en los techos de los camiones y de las hospitalitys de los equipos. Deformación profesional: uno viene por los motores y acaba contando antenas.
Ni en un circuito desconecta nadie, empezando por mí.
El ritmo, la vida, el trabajo...
¡Todavía no sé en qué orden!
¡Feliz Domingo!
Protecting what matters most
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Esta me la he escrito más a mí que a ti, así que te devuelvo la pregunta: ¿tú sabes cuál es tu ritmo normal? ¿Y quién te lo mide?
Me encantaría leerte.

