Ha sido un verano largo y extraño para mí, pero ya era hora de que esta newsletter volviera a la vida. Escribo estas líneas desde un camping perdido en la "Almería murciana", en el que lucho para que mi síndrome del impostor, que vuelve gracias a "estar de vacaciones" no me arruine estos "días de descanso" con su ansiedad y sus movidas.
Pero hoy vengo a contarte otras cosas, que de eso va este rincón de los domingos. Y es que hace unos días, antes de venirnos al camping, disfrutaba con la familia de una barbacoa con amigos. Piscina, sol y comida en cantidades que ningún nutricionista firmaría. Pasándolo mal, vamos.
En medio de las mil conversaciones que se cruzan en un día así, se puso sobre la mesa una posibilidad. Algo que nos habían propuesto hace poco, que ni siquiera habíamos hablado en casa todavía y que comenté casi de pasada, más por rellenar que por otra cosa.
Pero la respuesta fue unánime. Me quedé un poco en shock, la verdad.
Mala idea. Malísima. Uno tenía un primo al que le había ido fatal con algo parecido, otro había leído no sé qué, otra conocía un caso. En dos minutos la sentencia estaba dictada y nadie, ni uno solo, preguntó qué pensábamos nosotros. No hacía falta. Ya nos lo estaban diciendo: No es no.
Y ahí pasó lo de siempre. Yo, que soy de natural rebelde o llámalo como quieras, noté ese fuego interior que se me enciende justo cuando todo el mundo dice que no. El "¿y por qué no?" me ha metido en unos cuantos berenjenales a lo largo de mi vida. Con consecuencias dispares, no os voy a engañar. Unas buenas, otras malas y otras regulares... ¡Pero experiencias todas!
Pero no quiero hablar de la posibilidad en sí, sino que quiero hablar de lo que pasó después, en el coche de vuelta, dándole vueltas a la cabeza.
Porque me di cuenta de algo que ya sabía, pero nunca había puesto en palabras: el juego está trucado desde antes de empezar.
Pensadlo. Imaginad que ponemos en marcha la mala idea. Solo hay dos finales posibles:
Fracaso con autor, éxito con suerte. Esa es la asimetría de todo esto.
Y a la suerte llámalo posición, conocimientos, familia, estar en el lugar exacto, eran otros tiempos, lo que sea...
Nadie te devuelve el crédito porque ese crédito nunca estuvo encima de la mesa, tan solo estaba la culpa, esperando dueño.
Y mira, no voy a hacer la lista, porque no es el punto, pero os digo una cosa: buena parte de lo que hoy disfruto en mi vida nació de una decisión que en su momento alguien, con muy buena intención, calificó de mala o malísima idea.
Cosas que hoy parecen obvias, casi inevitables. Ninguna de ellas lleva una placa con el nombre de quien la decidió contra el criterio general, sin embargo, todas la llevarían, con el mío casi seguro, si hubieran salido mal.
Los que llevamos sistemas lo sabemos mejor que nadie, aunque no lo apliquemos a la vida: solo nos avisan de lo que falla. El móvil vibra a las cuatro de la mañana cuando algo se cae. Nadie ha recibido jamás una alerta que diga "todo bien, gracias a aquello que decidiste hace tres años y que nadie entendió". Eso no existe. No hay umbral para el acierto. Lo que funciona se vuelve invisible y lo que se rompe deja un registro con fecha, hora y responsable.
Es por eso que, como me contaba un amigo, su CTO solo elegía para trabajar a las grandes empresas: "Nadie te va a poder echar en cara si el proyecto falla que la elección del partner era mala".
Así que juzgamos las malas ideas con datos que solo recogen fracasos y luego nos sorprende que la estadística diga que hacer cosas raras sale mal...
Ahora, el matiz, porque sin él esto se convierte en un post de LinkedIn y no es la idea. Hay malas ideas que son malas. Punto. Que todo el mundo diga que no, no las convierte en buenas. El "contrarian por deporte" es tan aburrido como el que sigue la corriente, solo que más ruidoso.
La diferencia no está en la idea, está en quién paga.
La opinión de la mesa era gratis, nadie de los que dijo "mala idea" iba a vivir las consecuencias, ni las buenas ni las malas. El riesgo era nuestro entero, y el resultado, en cualquiera de las dos direcciones, también nos lo íbamos a comer nosotros. Cuando el que opina no arriesga nada, su "no" pesa exactamente eso: nada. Sirve de información, no de veto.
Y aquí es donde quería llegar, porque esto va mucho más allá de una barbacoa.
Nos pasamos la vida pidiendo permiso a gente que no va a pagar la factura. Preguntamos, sondeamos, esperamos que la mesa asienta. Es más, NECESITAMOS que la mesa asienta. Y la mesa, que no arriesga nada, siempre vota por lo conocido, no por maldad, sino porque desde fuera toda idea que no sea la tuya parece más peligrosa de lo que es, y toda idea que sale mal parece que se veía venir.
Taleb lo llama skin in the game: Tener la piel en el juego. Que el que decide sea el que sufre. Y cuando eso se cumple, cuando la decisión es tuya y las consecuencias también, pasa algo curioso: la idea deja de ser buena o mala. Es una idea. Nada más. Un camino con dos finales posibles que solo tú vas a recorrer.
Nadie más puede calificarla, porque nadie más va a vivirla.
Eso no quita que escuches. Escucha a todo el mundo, apunta lo que dicen, quédate con lo que sirve. Pero que quede claro quién firma abajo. El día que salga mal no van a estar ahí para arreglarlo, y el día que salga bien no van a estar ahí para celebrarlo. Van a estar, en ambos casos, con la frase preparada.
Así que la pregunta correcta nunca fue "¿es buena idea?". La pregunta es: ¿quién va a pagarla? Si la respuesta eres tú, entonces también eres el único que puede decidir ponerla en marcha.
Con consecuencias dispares, ya lo sé, pero tuyas.
¡Feliz Domingo!
Protecting what matters most
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Queda un mes justo para La Dement0r Conf. 7 y 8 de octubre, Sala Faraday, Parque de las Ciencias de Granada.
Y os voy a ser sincero: está siendo un jaleo de proporciones bíblicas. Ponentes, entradas, logística, cosas que no sabíamos ni que existían hasta que alguien nos preguntó por ellas.
Pero fue decisión nuestra, nadie nos obligó, así que aquí estamos, comiéndonos el marrón enterito y encantados de la vida jajaja... Skin in the game!!!

