👻 La Newsletter de @weareDMNTRs 👻 

Esta semana he tenido algo que escasea: tiempo para pensar. No para apagar fuegos. No para responder tickets. Para pensar. Hacia dónde vamos, en qué queremos convertirnos como empresa.

Y me ha dado por hacer un experimento mental. Si le preguntas a cualquiera del sector cómo le gustaría que fuera su empresa de mayor, ya sabes lo que te va a responder: Apple. Microsoft. Google. Alguno habrá que responda Meta... ¡Huye de estos!

Yo esta semana he respondido otra cosa, he respondido Olivetti.

Sí, la de las máquinas de escribir. Esa misma.

Y antes de que penséis que me ha dado una embolia nostálgica, dejadme empezar por el principio, que en mi caso es una máquina concreta.

En mi casa había una Lettera. En ella aprendí a escribir a máquina, algo que luego perfeccioné en el "curso de mecanografía" al que me apuntó mi madre, muy de los ochenta, pero que me permitió escribir como hoy lo hago. Cada newsletter de estas sale disparada de diez dedos que entrenó una Olivetti.

Pero hubo más. Un día descubrí que existían unas cintas de dos o tres colores que te permitían tunear la Lettera para escribir textos en colores. De locos. Cambiabas un consumible y la máquina hacía algo que no venía en el manual. Sin saberlo, aquel fue mi primer tuneo de hardware. Ya estaba haciendo lo que llevo haciendo toda la vida: tocar el cacharro hasta que hace más de lo que prometía la caja...

Pero la Lettera es solo la puerta, porque detrás de aquella máquina había una empresa que no se parecía a nada de lo que ha existido antes ni después. Y de la que casi nadie se acuerda.

Ivrea, Piamonte, 1908. Camillo Olivetti monta la primera fábrica italiana de máquinas de escribir. Hasta aquí, historia industrial normal. Lo anormal llega cuando su hijo Adriano coge las riendas en los años treinta y decide que una fábrica podía ser otra cosa.

Mientras el resto del mundo industrial exprimía a la gente como a limones, Adriano redujo la jornada de 48 a 45 horas semanales sin tocar un céntimo del sueldo, años antes de que los sindicatos lo pidieran. Pagaba por encima de la media. Montó una biblioteca dentro de la fábrica, guarderías, casas para los trabajadores, servicios médicos. Incluso baja de maternidad por encima de lo que marcaba la ley.

¡En 1957 vacunó contra la polio a los hijos de sus empleados, antes de que la vacuna fuera obligatoria!

Adriano defendía que, por cada técnico contratado, había que fichar a uno de letras y a uno de económicas o leyes. Porque una empresa hecha solo de ingenieros acaba ciega. Sé que a más de uno os acaba de dar un tic en el ojo, a mí también. Pero aguantad, que esto va a alguna parte...

Su frase lo resume todo: la fábrica concebida a la medida del hombre, para que este encontrara en su puesto de trabajo "un instrumento de rescate y no un dispositivo de sufrimiento". Ivrea entera era el proyecto, no solo la nave. Tan en serio iba la cosa que hoy la ciudad es Patrimonio de la Humanidad como "ciudad industrial del siglo XX". Por cierto: aquí la conocimos como Hispano Olivetti, con fábrica en Barcelona desde 1929. Esto también pasó por casa.

Y ahora la pregunta que os está quemando: ¿y todo eso quién coño lo pagaba?

Lo pagaba el negocio. Porque atención, que aquí está la clave de todo: Olivetti no era una ONG, Olivetti vendía. Mucho. La Lettera 22 fue un superventas mundial, tan icónica que acabó en el MoMA de Nueva York. Las calculadoras Divisumma eran máquinas de imprimir dinero. En el 59 compraron Underwood, la gigante americana de las máquinas de escribir, con 11.000 empleados.

Las bibliotecas las pagaban las facturas. Olivetti era una empresa.

Y con esa caja hicieron la locura: meterse en electrónica cuando nadie esperaba nada de los italianos. En 1959 sacaron el Elea 9003, uno de los primeros ordenadores del mundo completamente transistorizados. Tan bonito que ganó el Compasso d'Oro de diseño. Un mainframe bonito en 1959.

Y en 1965 presentaron en Nueva York la Programma 101: el primer ordenador personal comercial de la historia. Una máquina de sobremesa, programable, con tarjetas magnéticas, pensada para que la usara cualquiera, a 3.200 dólares cuando "ordenador" significaba un armario del tamaño de tu salón y un sacerdocio de batas blancas. Vendieron unas 44.000, casi todas en Estados Unidos. La NASA compró diez y las usó en los cálculos del Apolo 11. HP se "inspiró" tanto en ella para su 9100A que acabó pagando 900.000 dólares en licencias.

Leedlo otra vez, despacio: el primer ordenador personal de la historia no salió de un garaje de California. Salió de Ivrea, de la empresa de la máquina de escribir de tu casa. Cuando la Programma 101 se presentó en Nueva York, Steve Jobs tenía diez años.

¿Y entonces qué pasó? Pasó lo de siempre. Pasó el miedo.

En febrero de 1960 Adriano muere de repente en un tren de Milán a Lausana. Al año siguiente muere Mario Tchou, el ingeniero que lideraba toda la aventura electrónica, en un accidente de coche. La empresa, ahogada por la deuda de Underwood y huérfana de sus dos visionarios, hace lo que hacen las empresas asustadas: vender "lo raro". En 1964 la división electrónica se traspasa a un grupo liderado por General Electric. Los ordenadores eran esa cosa sin futuro, así que... para los americanos.

Pero esta historia tiene una última escena, y es mi preferida. El equipo de Perotto, que estaba pariendo la Programma 101, no quería que su criatura acabara en manos de GE. Así que hicieron el hack definitivo: una noche cambiaron la clasificación interna de la máquina de "ordenador" a "calculadora". Y como las calculadoras no entraban en el acuerdo de venta, el proyecto se quedó en Olivetti. Siguieron trabajando en un edificio que ya era de GE... y pintaron los cristales de las ventanas para que los americanos no vieran lo que estaban construyendo.

Así se salvó el primer PC de la historia: con un cambio de etiqueta y unos cristales pintados. Fontanería y cojones. Mediterranean style.

Europa tuvo su Silicon Valley veinte años antes de que existiera Silicon Valley. Y lo vendió por miedo. (Y sí, hay teorías conspiranoicas para aburrir sobre esas dos muertes tan seguidas, pero hoy no toca. Otro domingo, quizás...).

🤔 - "Vale, Dementor, bonita historia. ¿Y a ti esto qué?"

👻 - "A ver, a mí muchas cosas... Te explico:"

Pues que llevo toda la semana con la misma pregunta en la cabeza: ¿cómo sería una Olivetti en 2026? No os voy a poner el ejemplo de moda, porque no lo hay. Os voy a poner los máximos, lo que tendría que cumplir una empresa de IT para merecer el nombre.

Pagaría bien, obviamente. La jornada de 45 horas de Adriano hoy se llama desconexión real y cero culto al burnout. Cuidar a la gente es el modelo.

Tendría la biblioteca abierta en horario de trabajo. Traducido: formación dentro de la jornada, tiempo para trastear, para contribuir a código abierto, para escribir y compartir lo aprendido. El conocimiento entra y sale. Una newsletter, si lo pensáis, también es una biblioteca con la puerta abierta.

Contrataría a gente "diversa". Menos monocultivo de ingenieros y más gente de letras, de leyes, de historia sentada en las mismas reuniones. Los productos diseñados solo por ingenieros se notan, y no siempre para bien. Sí, me incluyo en esto.

Haría las cosas bonitas. Y no hablo de la landing. Hablo del panel del cliente, del email de aviso de mantenimiento, de la documentación, del código que nadie ve. La estética como forma de respeto. La Lettera está en un museo de arte moderno, nuestro portal de cliente da para un exorcismo.

Estaría clavada a su territorio. Ivrea era el proyecto, no la sede fiscal. Una Olivetti de 2026 tendría el hierro cerca, formaría cantera local y devolvería a la tierra de la que saca. Dueña de su red, de su infraestructura y de su destino. Lo contrario de la empresa-nube que no es de ninguna parte y a la que no le duele nada.

Y vendería, obviamente. Mucho. Que nadie se me despiste con la parte bonita: Adriano compró Underwood, dominó mercados y negociaba como el que más. Sin caja no hay comunidad: hay una ONG con logo bonito y fecha de caducidad. El máximo no es renunciar al beneficio, es tratarlo como gasolina y no como destino.

Y el último máximo, el que lo ata todo: no competiría por ser la mejor, competiría por ser ÚNICA. Apple, Microsoft y Google ya existen, ya juegan esa liga y tienen más dinero que tú para ganarla. Querer ser "la próxima Apple" es apuntarte a la única partida que tienes garantizado perder. Olivetti nunca quiso ser la mejor Remington, quiso ser Olivetti. Y por eso, sesenta años después, un servidor le dedica la newsletter del domingo.

Esta semana me preguntaba en qué queremos convertirnos. Ya tengo la respuesta, aunque de primeras suene pequeña: en una empresa que dentro de sesenta años alguien recuerde, no por lo grande que fue, sino por cómo hizo las cosas. Como yo recuerdo una Lettera con una cinta de colores.

No sé si llegaremos. Pero por fin sé hacia dónde se camina...

¡Feliz Domingo!


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Y fin...

Y hasta aquí la newsletter de esta semana.

Mientras escribía esto, dos dementores se me han asomado por encima del hombro, como siempre. Uno ha leído lo de "biblioteca abierta en horario de trabajo" y se ha partido el culo: "Míralo, el Adriano de andar por casa. Tres años diciendo que va a ordenar la documentación interna y ahí sigue el fichero apuntes_FINAL_v2_bueno.txt".

El otro, más finolis, solo ha susurrado: "Competir por ser único, dice. Tranquilo, eso lo tienes ganado: no hay nadie más que se emocione hablando de una cinta bicolor". Y se han ido riéndose, dejándome el frío de siempre y la incómoda certeza de que, una vez más, tienen toda la razón... 

Como siempre digo, las newsletters son mis yos del pasado guiando a los del futuro... 

Nos vemos en los canales habituales: X y Telegram.
 
Por cierto, si quieres, puedes invitarme a un cafelito. ☕☕☕

Lo que te faltaba era contratar a gente de letras...
 
 
 
 
 
 
 
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