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El día que fui al cine a ver Matrix, una vez salí de la sala, compré otra entrada y la vi de nuevo. Esto me supuso ir andando a la facultad durante toda la semana siguiente, porque ese era mi dinero del bus, pero nunca unas caminatas así me supieron más a victoria.

No recuerdo muchas decisiones de aquella época con tanta nitidez. Recuerdo esa. Y recuerdo que no lo dudé ni un segundo. Salí de la sala, miré la taquilla, miré el monedero, y el cuerpo decidió solo. Hay cosas que, cuando las tienes claras, no admiten deliberación: si la intuición te dice adelante, adelante. Lo demás son excusas.

El argumento de Matrix, por si llevas 27 años debajo de una piedra, es este: lo que los humanos creen que es la realidad es una simulación. Las máquinas ganaron la guerra hace tiempo y cultivan humanos como baterías, enchufados a un mundo virtual para que no se enteren de nada. Neo, un programador con insomnio, elige la pastilla roja y descubre la verdad. Hasta aquí lo que te cuenta cualquier contraportada.

Pero hay un detalle que me resultaba curioso en su momento y que, cada día que pasa, me trae más a la vida de hoy en día: en Matrix todo es código. El mundo donde viven los humanos está compuesto de código que los que controlan el cotarro, las máquinas, pueden modificar a su antojo. Luego también hay unos rebeldes que son capaces de verlo, leerlo e incluso doblarlo a su favor.

En 1999 eso era ciencia ficción de la buena, en 2026 es, básicamente, una descripción de tu jornada laboral.

Si trabajas habitualmente con un LLM seguro que de vez en cuando le das al botoncito para ver "cómo piensa". Y es ahí cuando te das cuenta de que para un LLM todo es código.

La imagen que te muestra la genera escribiendo código. El Excel que vas a enseñar a tus jefes es un script de Python que ejecuta y "renderiza". El PDF, otro script. La gráfica chula, código. Y el Word que te descargas tan orgulloso... te cuento el secreto: un .docx no es más que un zip lleno de XML, así que el LLM escribe un script que va montando ese XML pieza a pieza, lo comprime, le pone la extensión y tú ves "un documento de Word". Claude no ha abierto Word en su vida, no existe Word ahí dentro, es solo código que se disfraza de Word.

Como los caracteres verdes cayendo por la pantalla: tú ves a la mujer del vestido rojo, y debajo solo hay código.

TODO ES CÓDIGO.

La vida, vamos a decir en su vertiente informática, que no es poco, es código. En la otra... en la otra, en la real, cada día creo más firmemente que también es código. Tus rutinas son bucles. Tus manías, funciones que alguien escribió hace tiempo y nadie ha refactorizado. Las excusas que te cuentas para no empezar ese proyecto, comentarios en un código que nunca se ejecuta.

Y si todo es código, y ese código cada vez más está generado por LLMs, IAs, o mete aquí su palabra más molona, la paradoja es que quien controla esa IA, quien ha programado sus movidas, quien ha establecido sus pesos, seguramente sea quien decide el "sabor" final del producto que generará ese código.

Piénsalo un momento, porque es más gordo de lo que parece. No hablamos de que te escriba los correos con un estilo u otro. Hablamos de que, si el código del mundo lo genera una máquina, los sesgos de esa máquina son las leyes físicas del mundo que genera. Lo que el modelo considera "normal" se convierte en lo normal. Lo que no sabe hacer, deja de existir. Y lo que sus dueños decidieron que no debía hacer... eso ni siquiera sabrás que faltaba.

😵‍💫 - "¿Y a ti qué más te da quién haya entrenado el modelo, si a ti te funciona?"

👻 - "A los de Matrix también les funcionaba todo. Por eso no la veían."

 

Y esto no es filosofía de barra de bar, que esta semana ha pasado algo gordo. El 24 de julio se publicó una carta abierta titulada "Open Weights and American AI Leadership", firmada por Meta, NVIDIA, Microsoft, IBM, Mistral, Hugging Face, Andreessen Horowitz, la Linux Foundation y una veintena más. La tesis: el liderazgo americano en IA no lo decidirá un modelo frontera, sino construir un ecosistema abierto, con modelos de pesos abiertos que cualquiera pueda descargar, inspeccionar, modificar y ejecutar en su propia infraestructura.

La carta dice más cosas interesantes. Que concentrar la IA en un puñado de modelos cerrados crea puntos únicos de fallo. Que los modelos abiertos permiten que miles de ojos encuentren vulnerabilidades, igual que el open source demostró que la transparencia puede ser más segura que la oscuridad. Que los defensores necesitan acceso a las mismas capacidades que ya usan los atacantes.

Si llevas años en esto, todo te sonará: son los mismos argumentos que defendimos con Linux, palabra por palabra, con "modelo" donde antes ponía "software".

Y comparan el momento, explícitamente, con el software libre de los años 80: aquella gente que defendió que el código debía poder estudiarse y modificarse cuando todo el mundo serio decía que eso era una locura. Stallman, Torvalds y compañía no tenían el dinero, ni el marketing, ni la razón oficial. Les daba igual. Lo tenían claro y nada los paró: ni las risas de la industria, ni los abogados, ni los "eso nunca funcionará". Aquel movimiento "loco" es hoy el suelo que pisas: Linux corre en todos los servidores que importan, Android en tu bolsillo, nginx sirve media web, OpenSSL cifra tus vergüenzas, git guarda el trabajo de la humanidad entera.

El mundo moderno está construido sobre código que nadie tuvo que pedir permiso para leer.

Entrenar un modelo es un proceso caro, costoso, como lo era hasta hace bien poco desarrollar esas herramientas. Y fíjate en el detalle fino de la carta: hasta los gigantes que viven de vender cajas cerradas firman ahora que los pesos abiertos son cuestión de soberanía. Soberanía americana, eso sí, que la carta lo repite bien clarito, no se les escapa ni una vez un "mundial". Y ahí te dejo la pregunta incómoda para la toalla: si los pesos abiertos son soberanía para ellos... ¿Qué es para nosotros ejecutar modelos que otros entrenaron, en nubes que otros controlan, con sabores que otros decidieron?

Si el mundo es código, es importante saber quién y cómo se construye ese código.

Y aquí viene lo personal, porque esta historia tiene segunda parte.

Hasta hace bien poco me daba mucha pereza programar, pero llevo meses que es una de mis aficiones favoritas.

No porque me haya vuelto mejor programador, ojo, es simplemente que he aceptado el reto y "en el momento en que lo aceptas, ya has ganado."

No voy a competir con nadie escribiendo código. Da igual. Sentarme a leerlo y escribirlo ya es la victoria, porque cada línea que entiendo es un trocito de Matrix que veo en verde en vez de ver a la mujer del vestido rojo.

En Matrix solo había dos formas de estar: enchufado sin saberlo, o aprendiendo a leer los caracteres. No hace falta ser Neo, basta con no ser batería.

Así que ese es el deber de verano que te dejo: elige tu trocito de código. El lenguaje que siempre aplazaste, el modelo que puedes correr en ese mini PC que cría polvo, el script que llevas meses "a punto de" empezar. Y da igual que ya lo intentaras hace tiempo y no saliera. Da igual que otros lo hagan mejor. Que nada te pare.

Pastilla roja.

¡Feliz Domingo!


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Y fin...

Y hasta aquí la última del curso, que esta newsletter también se toma sus merecidas vacaciones veraniegas.
 
Volvemos en septiembre con las pilas cargadas y, si el verano cumple, con algún trocito de código nuevo bajo el brazo.
 
Nos vemos en los canales habituales: X y Telegram.
 
Por cierto, si quieres, puedes invitarme a un cafelito. ☕☕☕

Este tío se gastó el dinero del bus en ver dos veces una película sobre gente que no sabe que vive dentro de código... y 27 años después el código se lo escribe una máquina. Las máquinas, jugando al largo plazo desde 1999.