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He pasado unos días en Madrid metido en un CPD haciendo de esas cosas típicas que hace alguien en un CPD. En mi caso, configurar tránsitos BGP y movidas de esas.

Por diversas circunstancias la cosa no fue fácil, pero a cada complicación más, el terminar aquello y ver un XX routes advertised y un established en la sesión se hacía más y más necesario.

Llegué sobre las 9 el primer día. Madrid me recibió con un atasco mañanero en la A5 de hora y cuarto y, básicamente, el estar en la tarea fue tan inmersivo que se me olvidó ir a desayunar... ¡y se me olvidó ir a comer! Acabé sobre las 5 y algo en un local de comida rápida repasando documentación en el móvil y totalmente rallado por no saber por qué un tema no funcionaba como debía.

Y mientras mordía lo que fuera que estaba mordiendo en aquel sitio, me acordé de una conversación que tuve hace tiempo con un fontanero que vino a casa.

Le pregunté, medio en broma, si cuando llegaba a su casa después de un día raro seguía dándole vueltas a por qué la tubería del cliente goteaba más de lo que debía. Me miró como si le hubiera preguntado si en su tiempo libre se dedicaba a acariciar codos de cobre. "Hombre, no. Llego a casa, me ducho y ceno". Gente sana, vaya.

Yo ese día, a las 5 de la tarde, sin haber desayunado ni comido, con los dedos pringados de mayonesa industrial, seguía pensando en el puto BGP.

😵‍💫 - "Pero tío, descansa un rato, come algo decente".

👻 - "Mi cabeza me dice que si lanzo el show bgp neighbors una vez más, igual sale..."

Porque esto es así. En IT, la obsesión no es un bug. Es la feature principal.

No sé si un electricista se va a dormir pensando en un diferencial que saltaba raro. No sé si un albañil se levanta a las tres de la mañana con la intuición de que igual el problema era la dosificación del hormigón. Me da que no. Y si lo hacen, estoy seguro de que a la mañana siguiente no se lo cuentan a nadie, porque saben que queda fatal.

Nosotros sí. Nosotros nos lo contamos entre nosotros y encima nos reímos. "Tío, anoche soñé que el OSPF no convergía". "Pues yo ayer me desperté a las cuatro pensando que igual era el MTU". Y el otro asiente con la cabeza, comprensivo, como quien escucha a un amigo contar una anécdota entrañable del pueblo.

El agotamiento cerebral que provoca esto no se parece a ningún otro cansancio. No es el cansancio físico del que ha cargado sacos todo el día, no es el cansancio emocional del que ha atendido a veinte clientes insoportables. Es un cansancio que tiene textura de pantalla, que te deja los ojos secos y la cabeza llena de ruido blanco.

Sales del CPD y durante un rato el mundo te parece una versión en baja resolución de sí mismo. La cajera te habla y tú sigues medio pensando en el next-hop. Te preguntan qué tal el día y respondes algo genérico porque explicarlo de verdad supondría una conversación de tres horas que nadie quiere tener.

Pero aquí viene la parte incómoda, la parte que no contamos tanto.

Dentro de toda esa obsesión, dentro de todo ese comerse la cabeza hasta quedarse sin pilas, hay algo muy bonito. Hay un momento en el que la sesión cambia de Idle a Active a OpenSent a OpenConfirm a Established, y entonces respiras. El número de prefijos empieza a subir. Lanzas un ping y te responde. Y esos tres o cuatro segundos en los que todo eso pasa son de una belleza que muy poca gente en el mundo es capaz de ver.

Porque para ver esa belleza hace falta haber sufrido antes. Hace falta haber pasado ocho horas sin comer preguntándote por qué no levanta. Hace falta haber revisado la configuración doce docenas de veces convencido de que estaba bien. Hace falta haber pensado en tirarlo todo y dedicarse a hacer quesos artesanos en un pueblo de Cantabria. Y entonces, cuando aparece el Established, entiendes por qué sigues ahí.

Vivimos la vida en unas coordenadas muy raras, lo reconozco. Hay cosas que nos emocionan que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existen. Un traceroute limpio, un BGP que converge a la primera, un ping con 0% packet loss después de horas pensando que tenías roto el mundo. Son satisfacciones minúsculas, privadas, que no se pueden contar en una cena familiar porque nadie las entendería.

Mi hija el otro día me preguntó qué hacía yo en el trabajo. Le intenté explicar algo a su altura sobre ordenadores que hablan con otros ordenadores. Ella me miró, se quedó un rato pensando, y luego me dijo: "O sea que hablas con ordenadores". "Sí, cariño. Básicamente, me paso la vida hablando con máquinas y rezando para que me contesten bien...".

Y la cosa es que cuando contestan bien, cuando todo ese show ip route se llena de rutas y todo ese tráfico empieza a fluir por donde tiene que fluir, sientes algo que no estoy muy seguro de cómo llamar. No es felicidad exactamente. Es más bien una especie de alivio eufórico, un "ha merecido la pena" que dura treinta segundos antes de que aparezca el siguiente problema.

Treinta segundos. Ese es el tamaño real de nuestra recompensa. No hay medalla, no hay aplauso, no hay nadie a tu lado dándote una palmada en la espalda. Solo tú, una terminal, y un número que ha cambiado de cero a lo que tenía que ser. Y sin embargo, por esos treinta segundos, serías capaz de volver a pasarte ocho horas sin comer. De hecho, lo has hecho. Lo harás otra vez.

Salí de aquel CPD un par de días después con la espalda destrozada y la sensación rara de haber vivido una semana entera en una tarde. Conduje de vuelta al hotel escuchando una playlist cualquiera y pensando en tonterías, dejando que el cerebro se enfriara poco a poco, como un servidor al que le bajas la carga. En algún momento del trayecto me di cuenta de que estaba sonriendo solo en el coche. Como un idiota. Porque el BGP había levantado. Porque las rutas estaban ahí. Porque, contra pronóstico, todo funcionaba.

Y pensé: esto es raro. Esto es objetivamente raro. Sonreír en un coche, solo, a las siete de la tarde, porque un puñado de prefijos se están anunciando correctamente en la otra punta del país. Si alguien me viera desde fuera, pensaría que me ha pasado algo maravilloso. Y es que me ha pasado algo maravilloso, solo que no tengo forma humana de explicárselo a nadie.

Mi hija no lo va a entender nunca, o lo mismo si... Mi pareja, con cariño, tampoco. El fontanero, desde luego, no. Es un club muy pequeño y muy silencioso, el de los que sabemos por qué estamos sonriendo en los sitios más absurdos a las horas más absurdas.

Somos raros, sí. Somos especiales, también. Vemos cosas que casi nadie ve y nos obsesionamos con detalles que casi nadie entiende. Y a veces nos olvidamos de comer. Y a veces nos olvidamos de que fuera del CPD hay un mundo con hijas que nos preguntan cosas y fontaneros que llegan a casa, se duchan y cenan como personas de bien.

Y lo más absurdo de todo es que, con lo agotador que es esto, con lo obsesivo, con lo exigente, sigue siendo infinitamente más fácil que tratar con personas. Yo puedo estar horas pegándome cabezazos con una máquina, revisando la misma configuración cuarenta veces, recibiendo el mismo error una y otra vez, y al final siempre hay un motivo. Siempre. Una coma mal puesta, una access-list mal escrita, un timer que no coincide o un error no reportado. La máquina nunca tiene un mal día. La máquina nunca te guarda rencor. La máquina nunca te contesta con subnormalidades que dan pie a tres horas intentando descifrar qué ha querido decir.

Con una persona, en cambio, a la tercera vez que me explica mal lo que quiere y me contradice lo que dijo en el correo o conversación anterior, en mi imaginación el cabezazo ya no sería metafórico...

Por eso estamos donde estamos. Por eso elegimos el CPD antes que la reunión, el ticket antes que la llamada, el chat antes que el cara a cara. No es que seamos antisociales, es que las máquinas, aunque a veces nos maltraten, lo hacen con una coherencia que se agradece. Y eso, con el tiempo, se convierte en una forma rara de cariño.

Pero si algún día dejamos de obsesionarnos, si algún día llegamos a casa y no le damos una última vuelta mental al ticket que se quedó abierto, igual es que ya no somos nosotros.

Lo que tú sientes se llama obsesión. Lo que yo siento también. Y, honestamente, a estas alturas no sabría vivir sin ello.

¡Feliz Domingo!


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Y fin...

 

Y con esto me despido por esta semana. Si has llegado hasta aquí, quizás formas parte del club silencioso de los que sonríen solos en los coches por motivos que nadie entendería. Bienvenido. Las reuniones son los domingos por la mañana, justo aquí.

Habrá quien piense que glorificar la obsesión en IT es irresponsable, que así es como terminamos quemados a los cuarenta y hablándole al router como si fuera nuestro terapeuta... ¡Pero no se dan cuenta de que las rutas estaban anunciándose! ¡Que funcionaba!

¿Y tú qué opinas? Nos vemos en los canales habituales: X y Telegram.
 
Por cierto, si quieres, puedes invitarme a un cafelito. ☕☕☕

Sabemos que, mientras escribía esto, el tío este ha abierto cuatro veces una terminal para hacer show bgp neighbors en un router al que ya no tiene acceso desde hace dos años. La obsesión, efectivamente, no se cura...