👻 La Newsletter de @weareDMNTRs 👻 

Hay un documental en Netflix sobre un señor llamado Jiro Ono. Tiene un restaurante diminuto en una estación de metro de Tokio, diez plazas, sin carta, sin postre, sin florituras. Solo sushi. Cuando se rodó el documental tenía 85 años y llevaba 75 haciendo lo mismo. Hoy tiene 100 y, según tengo entendido, sigue vinculado al restaurante.

Cien años. Más de setenta y cinco haciendo sushi.

En los primeros minutos del documental, suelta la frase que resume todo: elige un trabajo, enamórate de él, y hazlo hasta que te conviertas en un maestro.

Y eso hizo. Eligió sushi. Punto. No probó la cocina francesa, no abrió una franquicia, no escribió un libro sobre liderazgo, no escribe una newsletter cada domingo... Hizo sushi. Cada día. Durante más de setenta y cinco años.

Viéndolo, a uno no le parece un chef, le parece un monje. Alguien que decidió que su vida iba a ser una sola cosa y que esa cosa iba a hacerla mejor que nadie. No por fama, no por dinero, simplemente porque sí. Porque era lo que había elegido.

Y eso da envidia.

A ver, no envidia mala, no del tipo "ojalá yo tuviera lo que él tiene". Es otra cosa más incómoda. Es la envidia de la capacidad de entrega. De ser capaz de elegir una sola cosa a los diez años y seguir ahí a los ochenta y cinco. De no tener veinte pestañas mentales abiertas, de saber qué eres y no necesitar discutirlo cada lunes.

Paco de Lucía, por su parte, vivió 67 años. De pequeño, su padre lo obligaba a tocar la guitarra 14 horas al día. Catorce puñeteras horas. Catorce horas que hoy nos sonarían a Servicios Sociales llamando a la puerta y que entonces sonaban a destino...

Hoy todos lo consideramos el mejor guitarrista de la historia, sin debate, sin asterisco. El mejor y punto.

Sin embargo, en 1988 le hicieron una entrevista en Buenos Aires en la que sueltas perlas cada cuatro palabras. Algo raro en una persona que era poco predispuesta a hablar, porque, como él mismo decía, se pasaba horas y horas solo ensayando solo, por lo que no tenía costumbre...

Una de las frases de esa entrevista se me quedó clavada. El tipo que mejor tocaba la guitarra del mundo, el que más había currado, el que tenía detrás décadas de tocar hasta sangrar los dedos, seguía teniendo miedo a fallar. Síndrome del impostor en la cumbre absoluta del oficio. Y uno piensa: si Paco lo tenía, qué cojones quieres Felipe...

Pero viéndolo de otra manera, quizás es justamente ese sentimiento el que lo hizo ser Paco. Ser el mejor, pero seguir creyendo que lo haces mal, es exactamente el motor que te empuja a las 14 horas siguientes de ensayo.

La maestría no da paz, la maestría te da más exigencia.

Y aquí entra la parte rara de este texto, que llevo días sin saber bien cómo escribir...

Esta semana me he sentido maestro de mil y una cosas. "Mi Claudia" y yo (ya sabéis a quién me refiero...) hemos estado configurando, programando, escribiendo, resolviendo en horas problemas que antes me habrían llevado días, afinando servicios, investigando eventos...

Hemos tomado decisiones técnicas razonadas con un nivel de detalle que yo solo, sentado a las once de la noche en un hotel de la calle Bravo Murillo después de 21 horas despierto, no habría alcanzado de otra manera...

Y en algún momento de la semana, lo confieso, me he sentido casi un dios. Casi.

Hasta que paras... Y piensas en Jiro. Y piensas en Paco.

Jiro no era un dios, era un señor haciendo sushi durante setenta y cinco años, depurando el mismo gesto hasta convertirlo en algo único.

Paco no era un dios, era un crío al que su padre encerraba con una guitarra catorce horas al día hasta que el instrumento dejó de ser una cosa y pasó a ser una extensión de su cuerpo.

Eso es maestría. Lo otro, lo que yo hacía con mi Claudia esta semana, tiene otro nombre.

Seguramente es resultado sin camino, es llegar sin haber andado...

Y no estoy diciendo que esté mal, de hecho, es la única forma de sobrevivir ahora mismo.

El mundo no espera, los clientes no esperan, los plazos se acortan. Si te pones a hacer sushi durante setenta y cinco años mientras los demás compran sushi congelado en Mercadona, te comen. Literal. Así que no, no estoy diciendo que esté mal usar los atajos. Yo los uso. Los uso cada día. Esta misma newsletter ha pasado en su fase final por las manos de Claudia antes de llegar a las tuyas.

Lo que digo es que es otra cosa, que conviene no confundirla.

Porque hay una diferencia entre saber hacer sushi y haber pedido sushi. Entre componer una canción y haberle pedido a una IA que te componga una canción que suene a Paco de Lucía.

Entre ser maestro y parecer maestro.

Y esa diferencia, aunque no se vea por fuera, por dentro la nota uno. La nota cuando llega el problema raro, el caso límite, el momento en el que la máquina se atasca y tienes que tirar de algo que solo se construye con años. Ahí se nota quién ha andado el camino y quién ha llegado en taxi.

La pregunta que me llevo esta semana no es si vamos hacia un mundo sin maestros. La pregunta es peor: ¿todavía somos capaces de querer ser maestros?

Porque querer ser maestro implica aceptar el aburrimiento. Implica aceptar que el martes harás lo mismo que el lunes y que el martes que viene también. Implica renunciar a la dopamina del resultado inmediato para apostar por un resultado que llegará, si llega (que esa es otra...), dentro de veinte años.

Y eso, en un mundo donde tienes una IA en el bolsillo que te resuelve el problema antes de que termines de formularlo, suena casi a masoquismo.

En un mundo donde el atajo es infinito y gratuito, ¿queda alguien dispuesto a elegir el camino largo?

¿Queda alguien dispuesto a hacer sushi durante setenta y cinco años cuando una máquina te lo hace en setenta y cinco segundos?

¿Queda algún padre dispuesto a sentar a su hijo catorce horas delante de una guitarra cuando puede pedirle a un modelo que le componga la canción del cumpleaños?

¿Queda alguien dispuesto a fallar mil veces para acertar una, cuando puede acertar a la primera sin haber fallado nunca?

Y la pregunta final, la que de verdad escuece, no es sobre los demás. Es sobre mí: ¿lo haría yo?

¿Sería yo capaz, hoy, sabiendo lo que sé y teniendo lo que tengo, de elegir una sola cosa y dedicarle la vida entera? ¿Sería capaz de apagar a la Claudia y sentarme a sufrir durante quince años hasta dominar algo de verdad? ¿O ya estoy demasiado cómodo en el atajo como para volver al camino?

No lo sé, sospecho que no. Y esa sospecha, más que cualquier debate sobre si la IA nos va a quitar el trabajo o nos va a hacer dioses, es lo que me deja pensando esta noche.

Porque a lo mejor el problema no es que vayamos hacia un mundo sin maestros. A lo mejor el problema es que vamos hacia un mundo donde ya nadie quiere serlo.

Aunque, pensándolo bien, eso también lo decían los que escribían a pluma cuando llegó la máquina de escribir. Y los que tocaban en vivo cuando llegó el disco. Y los que programaban en ensamblador cuando llegó C. Cada generación entierra a la maestría anterior y descubre, con el tiempo, que la maestría no se había muerto: se había puesto otro abrigo.

Igual nos pasa lo mismo. Igual dentro de veinte años hay alguien escribiendo una newsletter el domingo por la mañana hablando del último maestro de prompts, y nosotros le sonamos a abuelo cebolleta...

No lo sé. Pero me consuela pensarlo.

Un abrazo enorme. 👻


🔗 Newsletter patrocinada por: 🔗

 

   Protecting what matters most

 


🔊 Llámalo podcast... 🔊

Todos los episodios aquí: https://go.ivoox.com/sq/2343562

 


Y fin...

Te dejo el domingo con la misma pregunta con la que yo me he quedado toda la semana: ¿hay algo, una cosa, a la que estarías dispuesto a dedicarle setenta y cinco años?
 
Si la respuesta es sí, agárrala fuerte. Y si la respuesta es no, no pasa nada, no estás solo.
 
Pero merece la pena hacerse la pregunta de vez en cuando, aunque solo sea para no confundirnos.
 
Nos vemos en los canales habituales: X y Telegram.
 
Por cierto, si quieres, puedes invitarme a un cafelito. ☕☕☕

Venga, que solo quedan 75 años para que este hombre escriba una newsletter en condiciones...