
Escribo esta newsletter desde Huelva, donde he pasado los últimos 3 días de esta semana. Venía para una cosa y acabé en otra, sin avanzar en la que venía y con el ánimo por los suelos y la sensación de 3 días perdidos fuera de casa. Pero los proyectos, y la vida, son así...
Aunque déjame rebobinar, porque mi semana empezó en Madrid.
Todo comenzó con una visita fugaz el pasado lunes al datacenter para ver unas cosas y enseñarlo a unos clientes. Antes de llegar estuve comiendo con la gente de Tecnocrática, en un bar en el que la camarera, por el carácter, debe ser de Granada o alrededores. Si has estado alguna vez en Granada, sabes exactamente de qué te hablo. Si no, ven a La Dement0r y lo descubres en directo. Bueno... ¡Sí compraste la entrada!
Por la tarde en el datacenter apareció Edu Collado con Jorge, un compañero de los grupos de Telegram al que pude desvirtualizar y que andaba de visita por las instalaciones. De esas cosas bonitas que tiene esto: muchas veces llevas meses leyendo a alguien, ayudándole o dejándote ayudar, y de repente le pones cara en mitad de un pasillo lleno de racks...
Y allí, entre servidores, Jorge soltó la idea de la semana. Me comentaba, sorprendido, lo curioso que era que empresas que, sobre el papel, nos dedicamos a lo mismo, que seríamos "competencia" incluso, estemos compartiendo grupos de Telegram, compartiendo conocimiento, ayudándonos.
Y tiene razón. Es rarísimo.
Piénsalo desde fuera un momento. En casi cualquier otro sector, lo que sabes es tu ventaja competitiva y se guarda bajo siete llaves. Los restaurantes no se pasan las recetas. Los bufetes no comparten estrategias. Aquí, un ISP le cuenta a otro ISP cómo resolvió un problema de routing que le tuvo dos noches sin dormir. Aquí alguien documenta paso a paso cómo le reventó una actualización para que a ti no te pase. Gratis. Sin esperar nada a cambio. A veces sin saber siquiera si alguien lo va a leer.
¿Por qué? ¿Somos mejores que el resto? ¿Más tontos?
Ninguna de las dos. Es algo que Linus Torvalds clavó hace poco en una entrevista: "La mayoría de los buenos programadores no programan porque esperen que les paguen o que el público los adore, sino porque les divierte programar."
Cambia "programar" por lo que quieras en nuestro mundo IT: Montar redes, securizar sistemas, pelearte con un kernel... A los buenos de esta profesión les pasa lo mismo: lo harían igual aunque nadie mirase. Y de hecho lo hacen. El propio Linux nació así: un chaval de 21 años en Helsinki anunciando su sistema operativo con un "esto es solo un hobby, no será nada grande ni profesional". Hoy ese hobby corre en la inmensa mayoría de los servidores del planeta, en tu móvil y probablemente en tu router.
El proyecto de software más importante de la historia no nació de un plan de negocio, nació de alguien divirtiéndose.
Y cuando lo que te mueve es eso, la motivación intrínseca y no el marcador, compartir deja de ser un sacrificio. Compartir se convierte en parte de la diversión, porque explicarle a otro cómo funciona algo es volver a disfrutarlo. Por eso esta profesión está construida así desde los cimientos: todo lo que sabes, todo lo que sé yo, viene en gran parte de gente anónima que escribió cosas sin saber si alguien las leería jamás. El tío que documentó un bug oscuro de Postfix en un foro en 2009, la que explicó en Stack Overflow lo mismo por enésima vez, con paciencia, porque alguien lo preguntó por enésima vez, los que escriben RFCs, los que mantienen wikis, los que responden en un grupo de Telegram a las dos de la mañana.
La sabiduría colectiva de este sector no la construyeron cuatro genios famosos. La construyó una masa enorme de personas que explicaban, corregían y documentaban gratis, por el simple impulso de que el conocimiento no se perdiera.
Y hay algo todavía más improbable dentro de todo esto: la honestidad cuando duele. Que exista gente capaz de escribir públicamente "la cagué, y esto es lo que aprendí". Por ejemplo los postmortems públicos de las caídas gordas. Eso va contra todos nuestros instintos, contra el ego, contra el estatus, contra la tribu. Y aun así lo hacemos lo suficiente como para que esto funcione.
Somos una especie que evolucionó para ganar discusiones y, no sé muy bien cómo, hemos montado comunidades donde perderlas en público está bien visto.
Por eso lo de "competencia" me chirría tanto como a Jorge le sorprendía. Porque la competencia real no es el ISP de al lado ni el sysadmin del otro grupo de Telegram, la competencia real es la ignorancia, el downtime, el vendor que te quiere encerrar en su jaula de oro, el que vende humo a tus clientes. Contra eso sí merece la pena competir y contra eso se compite mejor en manada.
Así que aquí estoy, con la cabeza de vuelta en Huelva, cerrando esta newsletter con el ánimo algo mejor que cuando la empecé. Porque sí, han sido 3 días sin avanzar en lo que venía a hacer, pero la semana me dejó una comida con buena gente, una camarera con "carácter", una desvirtualización (dos si contamos que ayer pude cenar con el gran Manu Silva junto a la ría del Odiel) y una frase de Jorge que me ha dado para toda esta reflexión.
Visto así, igual no he perdido 3 días, igual solo he tardado una semana en entender lo que vine a buscar.
¡Feliz Domingo!
Protecting what matters most
Todos los episodios aquí: https://go.ivoox.com/sq/2343562
Y hasta aquí la newsletter de esta semana, mientras la dejo programada, pienso que solo me quedan unas 4 horas de coche para llegar a casa, darle un beso a mi mujer, abrazar a mi hija y echar un rato con el niño...
¡Lo que hay que hacer para poder comer!
Así que nada, cuidadito con los DDOS que llevamos unos días guapos...

