
Yo uso la IA.
Tú usas la IA.
Nosotros usamos la IA.
Ellos usan la IA.
Bien. Vale.
Parece la página tres de un libro de lengua de primaria. Presente de indicativo, primera conjugación, verbo regular. Lo recitamos todos de carrerilla y sin despeinarnos.
Pero hay otro verbo que nadie está conjugando:
Yo respondo.
¿Tú respondes?
Ellos no responden.
Y ahí se rompe la tabla. "Usar" lo conjugamos con una soltura pasmosa en todas las personas gramaticales. "Responder" solo funciona de verdad en una: la primera del singular.
De esto va la newsletter de hoy.
Te cuento de dónde me viene.
La otra mañana desayunaba con mi amigo Alberto y salió el tema de los agentes. Me lo dijo tal cual, entre café y tostada:
"Es que ya ni leo, le doy que sí y adelante."
Y me reí. Me reí porque me vi retratado.
Porque yo también llevo una temporada dejando agentes trabajando en mis cosas. Código, configuraciones, textos, documentación. Y funciona. Funciona tan bien que asusta un poco. Llega el diff de 400 líneas con su resumen bonito, su "todo listo", su botón de aceptar... ¡Y el dedo va solo!
Pulsar es gratis, pensar no.
Y lo de Alberto no es una confesión de Alberto: es el estado del arte. Cada vez pulsamos más sin pensar. Todos. Por eso últimamente me pasa una cosa rara: estoy empezando a ser yo el que frena a mis IAs. Literal. La máquina me pide permiso para continuar y le digo que espere, no porque se haya equivocado, sino porque en algunos momentos necesito pensar. La velocidad del agente va por delante de mi capacidad de entender lo que está pasando, y si apruebo en ese estado, no estoy decidiendo nada: estoy decorando una decisión que ya se tomó sin mí.
Hace dos años el cuello de botella era la máquina.
Ahora el cuello de botella soy yo.
Y he decidido que eso no es un bug: es el trabajo.
Porque aquí hay una asimetría que casi nadie mira de frente: el trabajo se puede delegar, la responsabilidad no.
Tu agente no tiene NIF, no tiene seguro de responsabilidad civil, no tiene reputación que perder, ni clientes que se le van, ni un colega que le mire mal en la máquina de café. Está guay dejar a los agentes trabajando en mis cosas, pero si rompen algo... ¿Quién responderá? ¿Ellos? Va a ser que no...
Los proveedores, por cierto, ya han contestado a esa pregunta. Está en la letra pequeña que nadie lee: el output es cosa tuya. Tú lo evalúas, tú lo verificas, tú lo asumes. Ellos ya firmaron su parte hace tiempo. El único que está firmando sin leer eres tú, cada vez que apruebas con el diff a medio mirar.
En redes, esto lo aprendimos hace mucho. Y, como siempre, lo aprendimos por las malas.
Todo el que ha tocado un router remoto tiene la misma cicatriz: cambias una regla de firewall en un equipo que está a 400 kilómetros, pulsas enter, y el terminal se queda mudo. Silencio. Ese silencio espeso del que acaba de cortarse la pata a sí mismo. Y ahora toca coche, o llamar a alguien de la zona, o rezar.
Por eso MikroTik tiene el Safe Mode. Un Ctrl+X antes de tocar nada y todos tus cambios quedan en provisional. Si el cambio te expulsa del router, si la sesión se corta, el equipo lo revierte todo solo y aquí no ha pasado nada. Solo se consolida cuando sales tú, por tu propio pie, confirmando que sigues dentro.
Fíjate bien en lo que significa eso. El router usa tu presencia como firma. No le vale que el cambio se aplique: necesita comprobar que tú sigues ahí después de aplicarlo. Si te pierde, asume que la última palabra no llegó a pronunciarse, y deshace. Juniper lo llama commit confirmed, Cisco lo apaña con un reload in 10, pero la idea es la misma en todo el gremio: aplicar y confirmar son dos actos distintos, y solo el primero se puede automatizar.
Los fabricantes de routers resolvieron hace veinte años lo que ahora estamos reaprendiendo con los agentes. No es tecnofobia, son cicatrices.
Y de ahí la frase que llevo rumiando toda la semana: responder significa que la última palabra la tengo que tener yo.
La última palabra, no la última pulsación.
Si apruebas sin leer, no tienes la última palabra: tienes la última pulsación, que es otra cosa. La última palabra exige haber entendido lo que firmas, la última pulsación solo exige tener un dedo.
El botón de aprobar no es un trámite, es tu firma. Y firmar cosas que no has leído tiene un historial regulero: pregúntale a cualquiera que estampara la suya en una hipoteca con cláusula suelo hace años...
Termino con lo contraintuitivo del asunto: la IA no te quita responsabilidad, te la concentra.
Antes, la responsabilidad de un sistema se repartía por la cadena: el que escribía el código, el que lo revisaba, el que lo desplegaba, el que lo documentaba mal. En cada eslabón había una persona.
Ahora la cadena entera la ejecutan agentes. Escriben, revisan, despliegan, documentan. Y toda esa responsabilidad que antes se diluía entre cinco personas converge ahora, entera y sin rebajas, en el único punto de la cadena que tiene piel en el juego: el que pulsa aprobar.
Así que sí: yo uso la IA, tú usas la IA, nosotros usamos la IA.
Pero el día que algo se rompa, y algo se romperá, la frase cambia de verbo. Y en ese verbo solo hay una conjugación que vale: Yo respondo.
Frenar a tus IAs no es ir lento, es la única parte del trabajo que todavía no se puede delegar.
¡Feliz Domingo!
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Y hasta aquí la newsletter de esta semana, quedan pocas para pillar vacaciones newsletteras...

