
Hay una novela de 1940 llamada "El desierto de los tártaros", de Dino Buzzati. La historia es sencilla: un joven militar, Giovanni Drogo, es destinado a una fortaleza fronteriza que vigila un desierto por el que, según cuentan, algún dÃa llegarán los tártaros. Drogo llega pensando que será temporal. Que lo bueno vendrá después. Que aquello es solo un paso intermedio hacia su verdadera vida.
Y se queda treinta años...
No porque le obliguen. No porque no pueda irse. Se queda porque cada dÃa se convence de que mañana pasará algo que justificará todo el tiempo invertido. Los tártaros llegarán, la batalla será épica, él será un héroe... ¡Y entonces sÃ, entonces habrá merecido la pena!
La llamada falacia del coste hundido, aplicada a su propia vida.
Spoiler (NO LO LEAS SI PIENSAS LEER EL LIBRO): cuando por fin llegan los tártaros, Drogo es un viejo enfermo al que retiran de la fortaleza en una carreta. La guerra que esperó toda su vida la pelearán otros.
Conozco esa sensación. Y tú probablemente también.
Es ese momento en el que terminas un proyecto y, en vez de pararte a pensar en lo que has conseguido, lo primero que te sale es: "en el próximo lo haremos mejor." Es esa reunión de donde todo el mundo asiente con cara de circunstancias mientras alguien escribe en una pizarra las lecciones aprendidas que nadie va a releer. Es ese viernes por la tarde en el que cierras el portátil después de una semana brutal y lo único que piensas es que el lunes empieza otra aún peor.
Vivimos en modo borrador permanente. Como si la vida fuera un entorno de preproducción y el paso a producción estuviera siempre programado para la siguiente release. Como si cada proyecto, cada trabajo, cada etapa fuera solo el ensayo general de algo que vendrá después y que sà merecerá la pena de verdad.
🤔 - "No es tan malo, eso es tener esperanza en que lo que viene será mejor."
👻 - "A ver, no lo veo asÃ... Y te lo explico..."
Esta forma de ver la vida no funciona como la esperanza. La esperanza mira hacia adelante con ilusión, pero esto mira hacia adelante con desprecio por el presente. No es "qué ganas de lo que viene", es "esto no cuenta, lo que cuenta es lo siguiente." Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque se parezcan por fuera. Mucho.
La esperanza te permite disfrutar del camino porque confÃas en que va a algún sitio. El desprecio del presente te impide disfrutar de nada porque nada es nunca suficientemente definitivo. Siempre estás en la fortaleza. Siempre mirando al desierto. Siempre esperando a los tártaros.
He visto equipos enteros vivir asà durante años. Gente brillante atrapada en la Fortaleza Bastiani de un proyecto eterno, convencidos de que cuando llegue la versión 2.0, cuando migremos al cloud, cuando nos organicemos bien, cuando tengamos el servidor nuevo, cuando cambiemos de framework, cuando el cliente por fin entienda lo que necesita... entonces sÃ. Entonces todo encajará.
Y un dÃa miras alrededor y te das cuenta de que llevas cinco años esperando a que empiece tu vida profesional de verdad. Que has dejado pasar proyectos que eran perfectamente buenos, equipos que eran perfectamente válidos, momentos que eran perfectamente disfrutables. Pero los dejaste pasar porque estabas demasiado ocupado mirando al horizonte.
Y, disculpa que te diga, pero esta movida no pasa solo en el trabajo...
Es también el "cuando los niños sean más mayores haremos ese viaje." El "cuando tenga el ascenso podré estar más tranquilo en casa." El "cuando termine este proyecto voy a dedicarle tiempo de verdad a lo que importa." Mientras tanto, los niños crecen y dejan de pedirte que juegues con ellos, tu pareja deja de proponerte planes los sábados, tus amigos dejan de llamarte... No porque se enfaden, peor: porque se acostumbran a tu ausencia.
Y un dÃa te sientas a cenar y ves que tus hijos tienen conversaciones enteras de las que no sabes nada. Que el viaje que ibais a hacer "cuando se pudiera" ya no lo quiere hacer nadie. Que mientras tú mirabas al desierto esperando a los tártaros, la vida estaba pasando a tu espalda. Sin hacer ruido. Sin esperarte.
Creo que "El desierto de los tártaros" no es una novela sobre la paciencia. Es una novela sobre la cobardÃa disfrazada de paciencia. Sobre cómo es más fácil esperar a que la vida te pase por delante que aceptar que lo que tienes delante, ahora mismo, con todas sus imperfecciones, es tu vida. No el ensayo. No el borrador. No el entorno de pre.
Tu vida.
Tu puñetera vida.
Buzzati era periodista. Trabajó toda su carrera en el Corriere della Sera y escribió esta novela mientras cubrÃa turnos de noche, atrapado en una rutina que se parecÃa sospechosamente a la de su protagonista. Dicen que la fortaleza era la redacción del periódico y que los tártaros eran la gran novela que algún dÃa escribirÃa cuando tuviera tiempo.
La ironÃa es que la gran novela era precisamente esa, la que escribió entre turno y turno, a las tres de la mañana, en una redacción medio vacÃa, probablemente pensando que aquello no contaba. Que era solo un ejercicio mientras esperaba a que llegara la inspiración de verdad. La obra que lo consagró como uno de los grandes escritores italianos del siglo XX nació exactamente en el momento que él consideraba un paréntesis.
Y eso es lo que más jode de esta historia, que no es ficción, que nos pasa a todos.
El mejor proyecto de tu carrera puede ser el que estás haciendo ahora mismo mientras sueñas con el siguiente. La mejor conversación con tu hijo puede ser la de esta tarde, la que estás a punto de despachar con un "ahora no puedo" porque tienes la cabeza en un mañana que no existe todavÃa. La mejor etapa de tu vida puede ser esta, exactamente esta, con todas sus imperfecciones y sus turnos de noche y su fortaleza medio vacÃa.
Pero no la vas a ver si estás mirando al desierto.
A veces lo que estás buscando ya lo tienes delante, solo que no lo ves porque estás demasiado ocupado esperando a los tártaros.
¡Feliz Domingo!
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Mira, no voy a decirte que dejes tu trabajo, ni que mandes todo a la mierda, ni que te vayas a buscar tu propósito a un ashram en la India. Esta newsletter no va de eso.
Pero sà voy a decirte una cosa que probablemente ya sabes y que probablemente estás ignorando: el momento en el que estás viviendo ahora mismo no va a volver. Este proyecto que te parece mediocre, esta semana que te parece interminable, esta cena que te parece rutinaria, este domingo por la tarde que te parece aburrido. No van a volver. Ninguno.
Y no te lo digo desde la superioridad moral de quien lo tiene claro, para nada. Te lo digo porque hay semanas enteras en las que no me encuentro, meses en los que me levanto, funciono, produzco, resuelvo, y al acostarme soy incapaz de recordar un solo momento del dÃa que haya merecido la pena. No porque no los haya, sino porque no estaba ahà para vivirlos.
Hay temporadas en las que desprecio el presente como si fuera un trámite, como si cada lunes fuera solo el peaje para llegar a un viernes que tampoco voy a disfrutar. Como si cada proyecto fuera solo el borrador del proyecto que de verdad importa. Como si cada etapa fuera solo la sala de espera de la siguiente. Y tiro los dÃas. Los tiro como quien tira un ticket de la compra: sin mirarlos, sin contarlos. Convencido de que hay una reserva infinita de dÃas por delante.
Y no la hay.
De hecho, hay semanas que escribo esta newsletter para entenderlo, no para explicártelo a ti, sino para explicármelo a mÃ. Porque a veces necesitas poner las cosas por escrito para darte cuenta de que llevas meses subido en la muralla de la Fortaleza Bastiani mirando a un desierto vacÃo mientras tu vida pasa a tu espalda sin hacer ruido.
Lo jodido de la novela no es que Drogo pierda la batalla, es que pierde todo lo demás. Todo lo que pasó mientras él miraba al horizonte. Las amistades. Los amores. Las tardes de sol. Las conversaciones que podrÃa haber tenido. Las risas que podrÃa haber compartido. Las vidas que podrÃa haber vivido. Todo eso pasó. Y él no estaba.
Pero aquà viene la parte que Buzzati no escribió, porque Buzzati era un cabrón pesimista y a los italianos les gusta el drama (y los coches bonitos).
Tú no eres Giovanni Drogo, yo no soy Giovanni Drogo. Podemos levantarnos de la muralla, podemos dejar de mirar al puto desierto. Podemos darnos la vuelta y ver lo que hay detrás, que probablemente es imperfecto y desordenado y caótico y no se parece en nada a lo que habÃamos imaginado. Pero es nuestro. Y es real. Y está ahÃ. Ahora.
No mañana. No en la próxima versión. No cuando lleguen los tártaros.
Ahora.

Esta newsletter está empezando a darnos miedo...
