Esta semana no ha sido una semana normal. No voy a hablar de lo que ha pasado, ni siquiera voy a nombrarlo. Todos sabemos de qué hablo y hay gente que hoy tiene un hueco en la mesa que no se va a volver a llenar. Eso merece silencio, no una newsletter.
Pero llevo días con algo atravesado y, como siempre, este rincón de los domingos es donde lo suelto.
Porque después de algo así siempre llega la misma frase. La conoces, la has leído mil veces: “error humano”. Dos palabras, una nota de prensa y a otra cosa.
Y cada vez que la leo me pasa lo mismo: me suena a análisis a posteriori mal hecho.
Cualquiera que haya escrito un informe de incidencia en condiciones lo sabe. Cuando en el apartado de “causa raíz” pones “error humano”, acabas de abandonarlo todo. Porque el humano que se equivoca nunca está solo: está al final de una cadena. Delante tiene un procedimiento que alguien escribió mal, una formación que alguien no dio, una revisión que alguien firmó sin mirar, un presupuesto que alguien desvió, una alerta que alguien silenció porque daba mucho la lata...
James Reason lo dibujó hace décadas con el modelo del queso suizo: cada capa tiene sus agujeros y el desastre solo ocurre cuando todos se alinean. El último agujero es el que sale en las noticias, los demás no salen nunca.
El “error humano” no es la causa. Es el final de la puta cadena de todo lo anterior que ha fallado.
🧐 - “Ya, pero muchas veces el problema es la falta de inversión, ¿no?”
👻 - “Claro. ¿Y qué es la falta de inversión?”
Porque la falta de inversión no cae del cielo. La falta de inversión es alguien que no hizo bien su trabajo. Alguien que tenía un dinero para una cosa y lo gastó en otra. En la foto, en el cargo de confianza, en el chiringuito, en alcohol o en lo que fuera. Es exactamente el mismo fallo que el del técnico que cierra el ticket sin comprobar nada, solo que con corbata, coche oficial y en un despacho más grande. Un eslabón más de la cadena de no hacer lo que debemos.
Y aquí es donde me duele de verdad.
Los servicios no se degradan solo porque falte dinero. Se degradan porque cada vez trabajamos peor. Lo veo todos los días en la empresa privada, en la pública, en clientes, en proveedores, en partners, y no tengo ningún motivo para pensar que no sea algo generalizado. Se está muriendo la responsabilidad, la capacidad de esfuerzo, el orgullo por el trabajo bien hecho.
Lo ves en el cambio que se mete un viernes a las siete “porque total”. En el backup que nadie restaura nunca, porque comprobar que funciona es aburrido. En la documentación que no existe porque “ya me acuerdo yo”. En el “funciona en mi máquina” convertido en filosofía de vida. Y me incluyo, ojo, que yo también tengo mis viernes...
Pero el problema no es equivocarse, equivocarse es humano. El problema es que nos hemos instalado en el “da igual lo que hagas”.
Nos lo venden por todas partes. Que no te mates, que no merece la pena, que el esfuerzo es de pringados, que hagas lo justo y ya. Y, desgraciadamente, nos lo hemos creído. Ese “da igual” ha ido calando poco a poco, eslabón a eslabón, hasta que un día la cadena entera está hecha de gente a la que le da igual.
Y entonces no falla una persona. Falla todo.
Una sociedad funciona igual que una infraestructura, igual que una colmena: todo funciona porque cada pieza hace su parte. Nadie ve el switch del rack del fondo hasta que se muere. Nadie se acuerda del que revisa los extintores hasta que hace falta uno. Lo que funciona es invisible, y precisamente por eso es tan fácil dejar de cuidarlo.
Así que no, esto no va de héroes, va de algo mucho menos épico y mucho más difícil: que cada uno haga bien lo suyo.
Sea tu puesto el del tío que limpia las ventanas, el que pone los cafés, el que configura un firewall o el que decide cómo funciona un protocolo ferroviario. Da igual el puesto, pero NO da igual cómo lo hagas. De la responsabilidad personal y de la profesionalidad de cada uno emana todo lo demás. Todo.
Y mientras eso no sea así, mientras sigamos aceptando el “da igual” como norma, seguiremos en la mierda en la que estamos. Y cada vez irá a peor. Y, al final de la cadena, puden pasar cosas terribles.
Lo más duro de todo es que lo hemos permitido. No es culpa de “ellos”, es culpa de todos un poco, cada vez que miramos hacia otro lado, cada vez que dejamos pasar el trabajo mal hecho porque reclamar era incómodo, cada vez que hicimos lo justo porque nadie iba a notarlo.
Alguien siempre lo nota. A veces tarde. A veces demasiado tarde. A veces de manera irremediable y trágica.
No tengo moraleja bonita esta semana. Solo una petición: haz bien tu trabajo. El que sea. Aunque nadie lo vea, aunque nadie lo agradezca, aunque al de al lado le dé igual.
Sé el agujero del queso que no se alinea.
Y, en la medida de lo posible, exige lo mismo a los demás.
Transmite esta idea a tus hijos, a tus compañeros, a quien te rodea. Sé el ejemplo. Vive de acuerdo a esta filosofía tan simple y tan complicada. Aunque a veces parezca que no sirve de nada… algo hace.
Obviamente, no siempre va a ser así, a veces las circunstancias no dejan que todo salga como quieres.
Pero si tu brújula apunta hacia ese objetivo, al final acabarás yendo en esa dirección casi sin quererlo.
Y eso, a la larga, es lo único que de verdad cambia las cosas.
¡Feliz Domingo!
Protecting what matters most
Todos los episodios aquí: https://go.ivoox.com/sq/2343562
Solo te dejo una pregunta para el lunes: ¿qué haces tú cuando nadie mira? Porque ahí, y no en el currículum ni en el cargo, es donde se decide de verdad qué eslabón eres.
Y si alguna vez te pilla un viernes a las siete con ganas de decir “porque total”, acuérdate de esta newsletter. Nunca es “porque total”. Nunca da igual.
Solo una cosa más, lo más importante de toda esta parrafada de domingo, si puedes, hoy abraza a los tuyos. Hay gente que esta semana ya no puede hacerlo.

