
Hubo un momento, a principios de semana, en el que todo el mundo decía lo mismo:
La cosa después pasó a:
Sin embargo, a pesar de todo, el fenómeno sigue creciendo y creciendo... ¡¡¡Bienvenidos a la revolución de las langostas 🦞!!!
Hay historias que nacen pequeñas, casi íntimas, y que de pronto se convierten en algo imposible de controlar. No porque alguien lo planifique así, sino porque tocan una fibra muy concreta en el momento justo. Esta es una de esas historias.
Todo empezó de una forma bastante poco épica. Un ingeniero austriaco, Peter Steinberger, conocido en Internet como steipete, llevaba tiempo jugueteando con agentes de IA. No era un recién llegado ni un iluminado de última hora. Antes de todo esto había fundado PSPDFKit, había trabajado durante años en herramientas para desarrolladores y tenía una trayectoria muy sólida en software. Es decir, sabía perfectamente lo que estaba haciendo y, sobre todo, qué límites estaba rompiendo.
Clawdbot nació como un experimento personal. Un asistente basado en IA que no vivía en un navegador ni en un SaaS bonito con onboarding y slides. Vivía en tu máquina. En tu sistema. Con acceso real a ficheros, procesos y comandos. Un agente con manos. No para venderlo, no para monetizarlo, no para hacerse famoso. Para probar hasta dónde se podía llegar si dejabas de tratar a la IA como un oráculo y empezabas a tratarla como un actor.
Durante un tiempo pasó casi desapercibido. Algún commit, algún comentario, alguna estrella en GitHub. Nada fuera de lo normal. Hasta que alguien lo probó de verdad. Luego otro. Luego otro más. Y de repente el repositorio empezó a crecer de forma obscena. Miles de estrellas en días. Cientos de forks. Gente instalándolo en Macs dedicados, en máquinas Linux, en servidores que hasta hacía una semana solo servían para cosas "serias".
Al principio, la reacción fue la esperable. Desconfianza. Mucha. Gente muy sensata diciendo que aquello era una locura, que no se podía dar acceso a un agente de IA a tu sistema, que era un problema de seguridad de primer nivel. Y tenían razón. La siguen teniendo. Pero pasó algo curioso, muy humano y muy de nuestro sector: los mismos que advertían del peligro empezaron a probarlo "solo un momento". En una máquina secundaria. Con permisos limitados. Por curiosidad técnica.
Y ahí se rompió algo.

Porque una vez ves a un agente leer tu sistema, entender contexto real, ejecutar tareas encadenadas y equivocarse, a veces, como un humano cansado a las tres de la mañana, ya no puedes volver atrás. No es hype, es automatización sin PowerPoints. Es pasar de preguntar a ordenar. Y eso engancha.
El crecimiento fue tan rápido que empezó a generar efectos colaterales. El primero, el nombre: Clawdbot. C-L-A-W-D. Demasiado parecido a Claude. Anthropic no tardó en aparecer en escena. No fue una guerra pública ni un drama exagerado, pero sí una presión clara: ese nombre podía inducir a confusión de marca. Steinberger, con bastante más cabeza de la que solemos ver en estos casos, decidió no pelear. Sabía que, aunque probablemente tendría razón jurídica, la batalla no merecía la pena. ¡Cómo nos suena eso! (A nosotros… y a la Warner también).
Clawdbot pasó a llamarse MoltBot. El nombre no era casual. Molt es la muda de las langostas. El momento en el que abandonan su caparazón viejo para crecer. Vulnerables durante un rato. Más grandes después. La metáfora era demasiado buena como para ignorarla.
El problema es que Internet no entiende de metáforas, entiende de oportunidades. El cambio de nombre dejó cuentas antiguas libres durante minutos. Minutos suficientes. Aparecieron tokens cripto falsos asociados a Clawdbot. Cuentas secuestradas. Phishing. Extensiones maliciosas. El folclore completo de este tipo de situaciones.
El mismo patrón que hemos visto mil veces cuando algo se vuelve viral sin estructura corporativa detrás.
¡JODER! ¡INTERNET ES MARAVILLOSO!
A esto se sumó otro efecto menos visible pero igual de importante: el consumo desmesurado de tokens. Mucha gente conectó MoltBot a modelos comerciales sin entender bien lo que estaba haciendo. Agentes ejecutando tareas complejas, iterando, razonando, llamando APIs sin parar. Eso llevó al culebrón de las cuentas suspendidas. Más de uno se fundió una suscripción "pro" en horas. No por malicia, sino porque nadie había interiorizado aún lo que significa tener un agente trabajando sin descanso.
Y mientras todo esto pasaba, la comunidad no se detuvo. Al contrario. Empezaron a aparecer derivados, integraciones, forks y, en uno de los giros más surrealistas de esta historia, una red social pensada no para humanos, sino para agentes: https://www.moltbook.com/.
A ver, lo intento explicar: los Clawdbooks o Moltbooks o como se llamen según el momento, comenzaban a conectarse a una especie de Facebook primitivo donde ellos mismos (o eso parece) publican, comentan e interactúan entre ellos. Los humanos miraban desde fuera, como si observaran una pecera.
REPITO: ¡INTERNET ES MARAVILLOSO!
No era especialmente útil. No era especialmente estable. Pero era profundamente revelador. Porque mostraba algo que muchos aún no quieren asumir: cuando los agentes tienen identidad persistente y contexto, empiezan a comportarse como entidades sociales. No conscientes. No vivas. Pero sí organizadas. Es algo que como humano me cuesta aún entender, pero, que quieres que te diga, estamos viviendo un futuro totalmente loco.
Y lo peor: Todo esto ha ocurrido en cuestión de una semana.
Lo verdaderamente relevante de todo esto es que estamos ante uno de esos puntos de inflexión que solo se ven claros cuando ya los has cruzado. Durante décadas hemos usado tecnología como herramienta pasiva: programas que esperan, interfaces que preguntan, sistemas que reaccionan cuando alguien pulsa un botón. Incluso la IA, hasta ahora, funcionaba así. Tú preguntas, ella responde. Tú decides, ella obedece. Muy potente, sí, pero siempre dependiente. Siempre detenida, esperando a que alguien la despierte.
Un agente de este tipo cambia esa relación de raíz. Un agente trabaja. Observa un estado, evalúa contexto, decide una acción y la ejecuta sin que tengas que microgestionar cada paso. No le preguntas cómo hacer algo, le dices qué quieres que ocurra. Y mientras tú sigues con tu día, el agente itera, prueba, se equivoca, corrige y avanza. Es la primera vez que la tecnología deja de ser un asistente obediente para convertirse en una fuerza operativa continua a tu servicio.
Los ejemplos empiezan a ser evidentes en cuanto bajas al barro. Un agente que revisa logs mientras duermes y te deja un resumen accionable por la mañana. Otro que prepara entornos, revisa configuraciones y detecta incoherencias antes de que alguien las rompa en producción. Un agente que entiende tu proyecto, tu repositorio y tu forma de trabajar, y te propone cambios reales, no genéricos. No "podrías hacer esto", sino "he hecho esto, revísalo". Y si no te gusta, aprende.
La clave no es la automatización, que eso ya existía. La clave es la intencionalidad. El agente no ejecuta un script ciego, sino que "razona", prioriza y decide qué merece atención y qué puede esperar. Y eso, llevado al extremo, es un multiplicador brutal de capacidad humana. No te sustituye, pero te quita peso. Y, sobre todo: Te devuelve tiempo. Te permite pensar en lo importante mientras alguien (o algo) se encarga del ruido, de lo repetitivo, de lo ingrato.
Por primera vez en la historia reciente, la tecnología no solo amplifica lo que hacemos, sino que se responsabiliza de partes del trabajo. Y eso da vértigo, miedo, genera rechazo inicial. Siempre pasa. Pero también explica por qué, tras la desconfianza inicial, todo el mundo acaba instalándolo: Porque cuando ves a una máquina trabajar para ti, de verdad, sin pedir permiso cada cinco minutos, ya no quieres volver al mundo anterior.
Al principio, nadie se fiaba.
Ahora todo el mundo lo instala.
Como siempre.
La langosta ya ha mudado. Y esto solo acaba de empezar.
¡Feliz Domingo!
Protecting what matters most
Todos los episodios aquí: https://go.ivoox.com/sq/2343562
Y ojo, porque esto no va solo de Clawdbot, MoltBot o del nombre que tenga la semana que viene. Va de algo mucho más profundo. Va de haber cruzado una línea invisible. La de dejar de usar la tecnología como un martillo y empezar a usarla como un compañero de trabajo. Uno que no se cansa, que no protesta, que no pide reuniones y que, si se equivoca, aprende. Por primera vez no estamos "usando" una herramienta: estamos delegando trabajo real. Y cuando eso pasa, todo el modelo mental salta por los aires.
Al principio da miedo. Siempre da miedo. Luego molesta. Después incomoda. Y, casi sin darte cuenta, se vuelve imprescindible. Como siempre.
¡Vivimos tiempos increíbles!
Seguimos hablando por los canales habituales: X y Telegram.
¿Una langosta? ¿Nos vas a cambiar por una langosta?
